Desarrollo personal y política Observaciones
a 10 años de la caída de Alemania Oriental


En los países de Centroeuropa y Europa Oriental el fin del socialismo y la implantación de un sistema político basado en la economía de mercado vinieron acompañados de un cambio fundamental de los valores en esas sociedades. Dicho cambio de valores no se refleja tan sólo en los grandes aspectos de la vida social, sino también en las relaciones entre las personas. Si algo ha quedado bien claro, es que los procesos de transformación en la convivencia de las personas no ocurren sin fricciones, como se esperaban especialmente los políticos en la fase eufórica al principio de este proceso. El proceso de transformación se manifiesta más bien en la inseguridad de los ciudadanos, en depresiones, en la desilusión y el desamparo, en el retorno a los valores conocidos y sistemas de valores de la era del socialismo, o bien en la adhesión a ideologías e ideas de carácter radical. Para poder calcular los efectos de este cambio social básico sobre la evolución de los niños y jóvenes, resulta sensato ocuparse en primer término de la siguiente cuestión:

Cómo se desarrolla la personalidad?

En el ámbito cultural europeo la familia es el espacio donde un niño empieza a desarrollar su personalidad. El concepto de “familia” es, no obstante relativo. ¿Se compone del padre, la madre y los hijos, o incluye también a los parientes cercanos, como abuelos, tíos, primos y primas? Tan diversas como puedan ser las concepciones de la familia, hay algo que parece común a todos los países europeos: la asignación del niño a su padre y su madre. Esta asignación constituye la base de la identificación duradera y de la posibilidad de identificación del niño con otras personas. El padre, la madre, la fecha y el lugar de nacimiento hacen a una persona inconfundible para la administración pública. Y al mismo tiempo, gracias a dicha asignación, se otorga preferencia a los padres a la hora de tomar decisiones que atañen a la evolución del niño. Ellos pueden o deben educar a los hijos según les parece correcto. El desarrollo de la identidad del niño no resulta, sin embargo, de las actitudes educativas, más o menos conscientes, de sus padres, sino de la adopción de sus formas de vida y/o “estrategias de supervivencia”. Un niño no puede elegir a sus padres, ni sus valores, conducta o clase social. O sea que su entorno lo vincula a estos factores de forma irremediable y lo define por ellos. Por tanto, el desarrollo de la identidad personal no deriva exclusivamente del comportamiento de los miembros de la familia y de sus “estrategias de supervivencia”, sino también en buena medida de la actuación de las personas e instituciones de su entorno. El padre y la madre no representan un sistema cerrado y monolítico de valores y patrones de comportamiento, son, antes bien, dos personalidades distinguibles, que piensan, sienten y actúan de forma distinta, a veces opuesta, en una misma
situación. La personalidad infantil no se desarrolla, pues, adoptando un modelo paterno unitario, sino a partir de la interacción de dos modelos equivalentes, pero distintos, que enfrentan el mundo. Nuestra cultura se basa en la idea de que la mujer y el hombre son dos personalidades equivalentes que pueden conformar su “propia vida” de forma
autónoma (véase Beck, 1998). Su vínculo como padres no significa que renuncien a su propia persona ni a su independencia. Antes se pensaba que un comportamiento unitario de los padres hacia sus hijos era necesario para un desarrollo “sano” de la personalidad. Esta concepción ya se ha vuelto obsoleta, pues implicaría la renuncia de los padres a su propia individualidad. Son justamente las diferencias entre los padres las que “obligan” al niño a emprender nuevos caminos propios en el desarrollo de su personalidad. La individualidad del padre y la madre es, por tanto, la condición para que se desarrolle la individualidad, la singularidad del niño. Las “estrategias de supervivencia”, o mejor dicho, “programas de supervivencia” de los padres son el resultado de un enfrentamiento exitoso con el entorno. Se podría decir que la sociedad, la época y las condiciones de vida se convierten en un componente integral de la persona. Y esto sigue siendo válido incluso cuando una persona no acepta el sistema social. La forma en que un niño enfrenta el mundo y lo integra ocurre sobre la base de los programas de supervivencia que ha adoptado de los sistemas originales de sus padres. Pero estos programas tan sólo adquirirán su verdadero significado cuando puedan ser aplicables: los programas de supervivencia que no están disponibles o no son viables no tienen ninguna significación para el desarrollo de la identidad personal. O sea que lo decisivo en el desarrollo de la personalidad infantil no es lo que los niños “reciben de sus padres”, sino el que puedan y tengan que aplicar lo que han recibido. A la inversa se puede afirmar también que un entorno que ofrezca muchos estímulos y muchas demandas tan sólo tendrá un efecto positivo en el desarrollo de la personalidad infantil cuando el niño esté en condiciones de enfrentarlo con sus “propias” posibilidades, adquiridas en la familia. El proceso objetivo del desarrollo de la personalidad se refleja de forma subjetiva en la autoconciencia de la persona. Qué es la autoconciencia? La autoconciencia es el saber de cada persona de que dispone de estrategias de conducta individuales para superar las presentes y futuras exigencias de la vida. La autoconciencia, uno de los pilares de una sociedad democrática, se basa en el “arraigo histórico” del propio comportamiento. Este arraigo histórico no procede exclusivamente de nuestras propias experiencias, sino también de nuestra relación con nuestras “raíces” históricas. Sin estas raíces, sin la conciencia de la propia historia, no es posible una conducta libre y consciente en una sociedad libre y democrática. La conciencia de la propia historia en ningún modo reduce la capacidad de actuar y tomar decisiones, sino que es el punto de partida para intentar lo nuevo y seguir el propio camino.

La individualidad en el sistema socialista y en el democrático

La importancia de la individualidad en ambos sistemas es radicalmente distinta: la individualidad, la libertad del individuo y su evolución personal forman parte de las bases esenciales de un orden social liberal y democrático. El Estado y la sociedad esperan del individuo que aporte sus capacidades personales y su actuación a la convivencia social, y que sea capaz de determinar por sí mismo la forma en que participa en la vida social. Si bien el Estado conoce y acepta al individuo con sus necesidades y posibilidades, somete los intereses y actividades del individuo a un interés colectivo. El Estado socialista no ve el hecho diferencial de las personas como un impulso al desarrollo personal y lo supedita, en términos generales, al control estatal de la propiedad privada. Mientras que en las sociedades democráticas se fomenta la individualidad y el pensamiento original, en las sociedades socialistas se presta importancia al pensamiento gregario, a la solidaridad y a la suspensión de las ambiciones individuales. El
rendimiento personal tan sólo se aprecia cuando sirve a las metas colectivas impuestas por el Estado y la sociedad.

“Uniformación histórica” o el desarraigo de la familia

Para las personas de la antigua RDA, el cambio político fue más grave y más radical de lo que se pensó en un principio. También en el Oeste -particularmente entre los políticos- se subestimaron considerablemente los problemas personales que produciría el cambio. Si analizamos el desarrollo personal de los niños y jóvenes tras la caída del muro, podemos comprobar toda una serie de complicaciones y paradojas que atañen especialmente al papel de los padres, y con ello a una de las bases más importantes en el desarrollo de los niños. Un grave problema para estas personas es la pérdida de la seguridad personal, material y social que les otorgaban el colectivo y el Estado, así como la necesidad concomitante de tener que organizar y hacerse responsables de su supervivencia por sí solos. Simultáneamente, se invirtió casi en su totalidad el sistema de valores que los había regido hasta la fecha. Lo que antes era bueno, pasó a ser malo, y lo que antes era negativo, pasó a ser positivo. Y no pueden simplemente adoptar el nuevo sistema de valores, porque no lo elaboraron ellos mismos. Los programas de supervivencia acreditados hasta antes del cambio ya no encajan en un entorno que se ha transformado. El intento de vincularlos a los valores y conductas del nuevo orden social lo perciben tanto la nueva sociedad como los afectados mismos como una pérdida de su propia identidad y la adopción de una identidad extraña. Y la tentativa de conservar en la nueva sociedad las experiencias personales positivas de la era socialista se considera llanamente una pretensión de prolongar el viejo orden y es combatida. El dilema es, pues, total. En lugar de una concordancia de las personas con su entorno social y su biografía, se impone por fuerza la sensación de no tener ya un suelo debajo de los pies. Las consecuencias son fatales en los niños: los padres, que les pueden transmitir las bases para desarrollar su identidad y su individualidad, dejan de ser un apoyo y una orientación. Ya representan tan sólo un mundo cuyos valores son inaceptables para los niños. La dialéctica del arraigo personal y el mundo que experimentamos se ha roto, o bien, interrumpido. Las consecuencias son la apatía, la desorientación, el desamparo y la tendencia a dejarse manipular por ideas primitivas y populistas. Viendo las consecuencias de estos cambios en niños y jóvenes, los políticos de
Alemania Occidental y la entera opinión pública alemana deberían reconsiderar su relación con los valores que regían la antigua RDA. Tienen que aprender a distinguir entre los valores individuales y su evaluación ideológica. Los valores que se ha creado un individuo no deben difuminarse tras la cortina de humo de la ideología. Tan sólo entonces estaremos en condiciones de enfrentar toda la serie de problemas que dejó el socialismo tras de sí en las mentes de las personas. Uno de estos problemas es la pérdida de la historia en el seno de las familias de la antigua RDA, que yo quisiera denominar la “uniformación histórica”. En conversaciones y análisis de familias he podido comprobar que en muchas personas y en muchas familias se han perdido las facultades y conocimientos que hacían posible una diferenciación de los sistemas originales, es decir, de las familias de origen materna y paterna. La razón de ello es que las historias familiares tuvieron que adaptarse a la historiografía oficial de la RDA. Un ejemplo típico serían los cambios de domicilio en las últimas dos generaciones, provocados, por un lado, por la guerra, la huida, el destierro, la repoblación, etc., y, por otro, posteriormente en la época de la RDA, por las decisiones arbitrarias
de la economía planificada. En las historias familiares que aún se conservan se mencionan todavía estos cambios de domicilio, pero frecuentemente el antiguo espacio vital de la familia no se puede ubicar geográficamente ni se puede describir en sus aspectos culturales o socioculturales. El socialismo eliminó la estructura social orgánica de una forma tan radical que las personas que no lo vivieron en carne propia difícilmente pueden hacerse una idea. Era un auténtico tabú, por ejemplo, transmitir la forma de vida de la generación de los abuelos, y ello particularmente cuando éstos provenían de la llamada “burguesía”. De este modo se impuso, en lugar de una individualización basada en la familia, la uniformación de la persona como resultante de la ideología del Estado. Ahora bien, este proceso de la “uniformación histórica” en el sentido del socialismo no pudo consumarse con éxito, según nos muestra el cambio político. Pero, no obstante, dejó sus huellas en la autoconciencia de las personas, que reducen considerablemente sus oportunidades de participar de forma activa en la nueva vida social, por ejemplo, en la profesión; huellas que han podido causar, particularmente entre la gente joven, un total desarraigo.

Qué hacer? Exigencias al trabajo con los jóvenes

En muchos casos no podremos ni conservar la familia en su forma tradicional ni tampoco reconstruirla. Pero podemos ayudar a que los hijos vuelvan a considerar y a percibir a sus padres y madres como personas valiosas. Tenemos que lograr cerrar el abismo que se produjo en la orientación personal del individuo al desaparecer la manipulación por parte de la ideología estatal. Desempeñan en ello un papel importante los jardines de infancia y escuelas cuando invitan a los padres a participar en la enseñanza de las bases históricas sin una verdad oficial. Las medidas concretas en la asistencia a la juventud deben estar dirigidas a mantener y reforzar la posibilidad de identificación del niño o joven con su padre y su madre. El proceso de cambio y reorientación precisa de tiempo y paciencia. La sociedad entera está llamada a esforzarse y a participar para poder ofrecer a los niños y jóvenes la posibilidad de llegar a ser individuos conscientes de sí mismos. El aliento y el apoyo a sus padres es por tanto una inversión en el futuro que habrá de amortizarse de forma duradera en las generaciones siguientes. Por Helmut Johnson, licenciado en psicología, terapeuta familiar sistémico y asesor de empresas en la compañía AGQ de Leverkusen (Alemania). En la AGQ, el señor Johnson es responsable de la reorganización de centros sociales y de la implantación de sistemas de gestión de calidad.

Bibliografía:
Ulrich Beck, et al: Eigenes Leben (Una vida propia). Múnich 1997